
Hubo un tiempo en que el vino argentino se medía por su "musculatura": etiquetas de 14.5 grados, maderas densas y una estructura que exigía una siesta obligatoria. Pero el pulso actual exige agilidad. En la era del mindful drinking y el bienestar, la vanguardia no busca potencia, sino frescura y una palatabilidad que acompañe nuestro ritmo sin pasarnos factura.




