
5 lecciones que nos dejó Michel Rolland: El hombre que puso al Malbec en el mapa
Vic DiamanteApenas semanas después de habérselo visto disfrutar, con su eterna vitalidad de bon vivant, en la Fiesta Nacional de la Vendimia en Mendoza, su partida marca el cierre de un capítulo irrepetible en la historia líquida global. Rolland no fue simplemente un consultor; fue el visionario que transformó a la Argentina de un secreto bien guardado en una potencia exportadora, elevando al Malbec a los altares del mercado internacional. Como cronista de este sector, me resulta imperativo reflexionar sobre el legado de este francés que, formado en la sobriedad de Pomerol, supo descifrar la energía indómita de los suelos sudamericanos.

Lección 1. La profesionalización global: el enólogo como "coach"
Antes de Rolland, la enología era un oficio de arraigo local. Él, junto a su esposa y socia de toda la vida, Dany, desde su laboratorio en Libourne, prácticamente inventó la figura del "flying winemaker". No se trataba solo de viajar; se trataba de imponer un estándar de precisión técnica y limpieza que la industria emergente desconocía.
Asesoró a más de 300 bodegas en 22 países, incluyendo fronteras tan exóticas para el vino como India o Armenia. Rolland nos enseñó que el enólogo debe actuar como un "coach" de alto rendimiento: alguien capaz de guiar al equipo para extraer la máxima expresión del terroir. Su lección fue clara: la calidad no es un accidente geográfico, sino el resultado de la disciplina técnica y la visión global.
Lección 2. El valor de la intuición: el "Big Bang" de 1988
La revolución del vino argentino moderno tiene una fecha y un lugar: 1988, en Cafayate. Convocado por Arnaldo Etchart, Rolland aterrizó en Salta para trabajar en lo que hoy conocemos como Yacochuya. Lo asombroso, y lo que define su carácter audaz, es que aceptó el reto sin haber probado jamás una gota de vino argentino. Años después, recordaba esa decisión con su característico ingenio:
"Si lo hubiera hecho, no habría tomado el avión".
Ese salto de fe fue el motor que sacó a la vitivinicultura argentina de su aislamiento. Rolland vio en las alturas de los Valles Calchaquíes un potencial que ni los propios locales terminaban de comprender, demostrando que para cambiar la historia a veces hace falta la mirada fresca —y desprejuiciada— de un extranjero con paladar absoluto.
Lección 3. El debate técnico: la búsqueda del volumen y la estructura
Rolland fue el arquitecto de un estilo que redefinió el mercado: vinos estructurados, intensos, con una madurez impecable y un gran volumen en boca. Esta estética, a menudo respaldada por el crítico Robert Parker, generó un debate fascinante sobre la "uniformidad" versus la identidad. Sin embargo, para Michel, la técnica estaba al servicio de la excelencia, no de la repetición.
Siempre defendió su labor negando la existencia de un "estilo Rolland". Desafiaba a los críticos a identificar sus etiquetas en catas a ciegas, sosteniendo que su éxito se basaba en una tríada innegociable: trabajo duro, talento y una necesaria cuota de suerte. Para él, la verdadera identidad del terruño solo podía emerger si el vino estaba técnicamente perfecto.
Lección 4. La gimnasia sensorial y el techo inexistente
Pocos hombres en la historia han poseído un registro sensorial tan vasto. Rolland cataba alrededor de 40.000 vinos al año, una disciplina que le permitió sentenciar que Argentina pertenece al selecto grupo de los seis o siete países capaces de producir la alta gama que el mundo demanda. Su filosofía era de una ambición contagiosa: "para alcanzar la excelencia, hay que tener en la cabeza que no hay límites".
Amante del golf, la cacería y los placeres de la vida, su vínculo con el país trascendió lo profesional para volverse emocional. Esa conexión quedó inmortalizada en su célebre máxima:
"Francia es el país para vivir, Estados Unidos para trabajar, y Argentina para disfrutar".
Lección 5. Clos de los Siete: la apuesta por el futuro del Valle de Uco
Su legado más tangible y personal es, sin duda, Clos de los Siete. En 1999, lo que comenzó como la búsqueda de una pequeña parcela se transformó en una epopeya de 850 hectáreas en el Valle de Uco. Convenció a inversores franceses para crear un ecosistema donde hoy brillan bodegas como Monteviejo, Cuvelier Los Andes, DiamAndes y su propia Bodega Rolland.
A través de este proyecto y de etiquetas personales como Mariflor y Val de Flores, Rolland creó una plataforma que proyectó el Malbec a más de 70 países. No fue solo una inversión financiera; fue un acto de fe en la tierra mendocina que terminó de consolidar a la región como un faro de la vitivinicultura mundial.

Michel Rolland se ha marchado como una "estrella fugaz", según las palabras de su propia familia, dejando un vacío inmenso pero una hoja de ruta clara. Nos enseñó a no pedir permiso para ser los mejores y a entender que el vino es, ante todo, una aventura humana.
Hoy, mientras brindamos por su memoria, resuena su última gran convicción: que nuestra industria todavía tiene un "margen de progresión enorme". Nos queda entonces una pregunta que será el motor de los años por venir: ¿Cuál será el próximo techo que romperá el vino argentino ahora que su mayor mentor ya no está para desafiarnos?


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